No fue una decisión de dos

Alguna vez mi abuela me dijo que en el amor, la decisión de iniciar una relación es de dos personas, pero para terminarla basta con que una ya no quiera seguir. No importa cuánto te esfuerces, las explicaciones que des o lo convincente que creas que estás siendo, si la otra persona ya no desea estar contigo, no habrá nada que puedas hacer, sólo aceptar tu destino. Mi viejita falleció ya hace algunos años y jamás me dijo que este concepto aplica para otras situaciones de la relación, jamás me preparó para afrontar un hecho tan complicado como el que me tocó vivir.

Hacía ya más de dos años que estábamos juntos mi pareja y yo, según yo éramos muy felices, todo era de color rosa. Teníamos nuestras fricciones, como existen en todas las relaciones, pero no había indicios de que nuestra comunicación fuera defectuosa o algún otro aspecto, incluso pensaba que éramos la pareja perfecta. En mi mente no había nada en el mundo que nos pudiera separar, sólo la muerte de uno, porque aún después de partir de este mundo, imaginaba que nos reencontraríamos en el más allá. Un pensamiento muy cursi y romántico, idealista. Pero, volviendo a citar la sabiduría de mi abuela, nada en esta vida es perfecto, y si lo es, no tendría caso vivir en un mundo sin retos, sin crecimiento personal. Cuanta razón tenía. Dicen que la vida es como un monitor para el corazón, tiene sus puntos altos y bajo, hasta que todo se vuelve plano, que literalmente significa la muerte, retóricamente, es el fin. Podrías ingeniártelas para tratar de revivirlo, como lo hacen lo doctores con las paletas. ‘Despejen’, dicen. Pero hay veces que no funciona y hay que dictaminar la hora de la muerte.

La relación con mi pareja terminó cuando me engañó. Una noche tuvimos relaciones y no nos cuidamos, fuimos descuidados, como dos adolescentes que están descubriendo su sexualidad. ¿El resultado? Ella quedó embarazada. Me entró un pánico indescriptible, pero traté de guardar la compostura, le dije que lograríamos salir adelante sin necesidad de pensar que nuestra vida estaba arruinada. “No voy a tenerlo”, cortó la conversación con esa frase, tajante y sincera. Nunca he estado a favor del aborto más que en situaciones como violación. No estaba de acuerdo, pero ella estaba decidida a provocarse un aborto, decía que era su cuerpo y era su decisión, pese a que los dos fuimos quienes generamos esa nueva vida que no iba a tener la oportunidad de llegar a este mundo. Le supliqué que lo pensara, que se diera un tiempo, pues apenas tenía una semana de gestación, según la prueba de embarazo que se realizó. Aceptó pensarlo. Vaya engaño. No nos vimos por una semana, tiempo que quedamos de estar separados para que no se sintiera presionada y volveríamos a vernos después. Así lo hicimos, y fue en nuestro reencuentro donde ella me confesó que ya había ido a realizarse el aborto, al día siguiente de nuestra pelea. Sin pedirme que la acompañara, fue con su hermana a terminar con la vida que llevaba dentro. Confirmo lo que decía mi abuela, hay situaciones en las que inician cuando dos personas están de acuerdo, pero terminan cuando una lo decide.