Las primeras vacaciones con mi hijo

Después de que naciera Mateo, mi primer hijo, mi esposa y yo vivíamos en una situación económica regular, pues percibíamos lo necesario para comer bien, para darle a nuestro hijo todo lo que necesitara, pero no teníamos la posibilidad de darnos muchos lujos, y si lo hacíamos era muy esporádicamente. Pero me esforcé en el trabajo para ascender lo más rápido que pude, el ingreso aumentó y por fin pude llevarme a mi familia a unas más que merecidas vacaciones, además serían las primeras con mi hijo, quien en ese entonces ya tenía siete años. El destino que elegimos fue Cancún, por lo que compré un paquete con todo incluido.

Mateo por fin conoció el mar y su expresión al verlo desde los aires jamás la olvidaré. Es la de un niño que está volando y en vez de ver tierra y hormigas, se queda maravillado con lo azul del océano, que es tan inmenso que no logra distinguir dónde termina. “¿Hasta dónde llega el mar?”, me preguntó. “Es inmenso, hijo, disfrútalo”, fue lo que le contesté. Bajamos del avión y nos dirigimos al hotel, durante todo el trayecto no preguntaba que cuándo lo llevaríamos a nadar al inmenso mar. Desempacamos en nuestra habitación, nos cambiamos, nos pusimos bloqueador y nos dirigimos a la playa. Ahí pude jugar voleibol con mi hijo, futbol, con el fresbee, nadar, nos revolcamos en las olas y mucho más. Jamás me había divertido tanto con mi pequeño.

Parece que Mateo se había convertido en un tritón, pues ya no quería salir del mar o de la alberca del hotel, sólo quería estar nadando. Cuando salía del agua era para pedirnos alguna bebida o alimento, también para mostrarnos su piel de viejito, pues ya se le habían arrugado las yemas de los dedos, las palmas de las manos y las plantas de los pies. Aun así no quería salirse del agua, era el sirenito más feliz del mundo. Mientras, mis esposa y yo leíamos un libro juntos, platicábamos, nos metíamos al agua con nuestro hijo o cualquier otra cosa que se nos ocurriera, pero nos hacía falta un poco de privacidad para poder tener una velada romántica. Así que investigué dentro del hotel si había algo que pudiera hacer y me recomendaron la guardería que tenían, donde podías encargar a tus hijos por algunas horas. Así que lo llevamos, y como ya había nadado todo el día, lo único que quería era dormir, así que fue directo a una hamaca que tenían en la zona de juegos, donde había resbaladilla y una mesa para hacer manualidades.

Mi esposa y yo pudimos tener también nuestro momento de privacidad y diversión. Primero fuimos a cenar a un restaurante muy bonito que tenía una zona para comer al aire libre, con el viento golpeándote en el rostro, el calor de la playa acariciando tu piel y tenías la maravillosa vista de la luna y el mar. Después dimos una caminata por la playa y recordamos cuando éramos novios y cómo le pedí matrimonio mientras caminábamos por un parque. No fue lo más romántico pero le gustó y aceptó.