La residencia médica, un proceso formativo que debe revisarse

En esta época, el dicho de “renovarse o morir” tiene más validez que nunca. De hecho, en la idea de renovarse habría que incluir las de formarse, actualizarse, diversificarse y todo lo que nos ayude a crecer constantemente.

Esto es así porque muchas de las llamadas “nuevas profesiones”, que se vinculan con la innovación tecnológica o bien con los usos e implementaciones de la misma, demandan a quienes las desempeñan el especializarse en distintas áreas, para fortalecer y complementar su formación original.

Sin embargo, para muchos especialistas, la idea de la formación continua no es algo nuevo. Un caso paradigmático es el de los médicos, quienes deben actualizar sus conocimientos de manera permanente, para entender y emplear los hallazgos científicos y tecnológicos que constantemente se hacen en el ámbito de la medicina.

Una de las primeras etapas de especialización por la pasan la mayoría de los médicos, para perfeccionar sus habilidades y adquirir más conocimientos, es la residencia médica. Este proceso inicia después de que el médico obtiene su título, por lo que se trata de un tipo de posgrado. Sin embargo, los estudios ya no se llevan a cabo en una facultad de medicina, sino en un hospital, donde el médico empieza a tratar directamente con pacientes.

Para obtener una plaza como residentes, los médicos recién egresados deben presentar el Examen Nacional de Aspirantes a Residencias Médicas (ENARM). Se trata de una evaluación exhaustiva y no sólo abarca el manejo de conceptos y elementos teóricos, sino también la capacidad para elaborar diagnósticos.

Por tanto, la principal inquietud de los médicos cuando están cerca de concluir su primera etapa de estudios y obtener sus títulos es cómo pasar el ENARM. Para apoyarlos existen guías, cursos y simuladores del examen. Independientemente de las estrategias y los materiales de estudio que se ocupen, lo más importante es preparar el examen con anticipación y elaborar un calendario de estudios, para seguirlo de la manera más constante y disciplinada posible.

Para los afortunados que logran su ingreso a la residencia, después de meses e incluso años de estudio, el trabajo arduo apenas comienza. Una residencia médica puede durar de tres a cinco años; el plazo depende del hospital y de la especialidad que se elija. Los residentes trabajan de 8 a 15 horas por día y la institución puede requerirles hasta 12 guardias mensuales.

Hablar de trabajo en este caso no necesariamente implica remuneración. Como se trata de un proceso formativo, los residentes se encuentran en calidad de becarios y por lo general sólo reciben “apoyos”, que les permiten cubrir los gastos más elementales. No obstante, empleo la palabra trabajo porque, como ya mencioné, los médicos residentes atienden pacientes, dan seguimiento a sus estudios clínicos y tratamientos y llegan a tomar decisiones que los hacen responsables de las vidas a su cargo.

Si bien todo lo anterior se ha considerado necesario para que la residencia cumpla con el objetivo de ser un periodo formativo, también se ha cuestionado la carga exhaustiva de trabajo y la intensa presión a las que son sometidos estos médicos. Apenas si se les concede tiempo para descansar y alimentarse adecuadamente; las guardias forzosamente suponen el renunciar al sueño y, por si fuera poco, la falta de una remuneración adecuada obliga a los médicos a subsistir en condiciones precarias.

Naturalmente, lo anterior tiene repercusiones negativas en la salud y el bienestar de los médicos. Pero el problema no termina ahí pues, como cualquier médico nos podría decir (paradójicamente), las deficiencias en alimentación, descanso y ejercicio se traducen en un mal desempeño en todos los ámbitos de la vida, incluido el laboral. Por tanto, los pacientes terminan por sufrir las consecuencias del desgaste que el periodo de residencia provoca en los médicos.

De ahí que sea necesario revisar y ajustar las condiciones y características de esta necesaria etapa de la formación médica.